Tras el mostrador de una antigua pescadería de los años sesenta, en el local número 3 del Mercado de San Fernando (Lavapiés) se encuentra Studio folklore. Allí, entre ollas, tejidos y muestrarios botánicos, Paola McKenna transforma hojas, flores, cortezas y raíces en color. Lo que antes fue un puesto de mercado es hoy un laboratorio de arte textil y experimentación botánica donde las ideas se llevan al punto de ebullición.
Los pañuelos de seda están tendidos, el material colocado en cuencos con sus nombres y muestras de tinte correspondientes; las flores prensadas y la energía muy alta para dar comienzo a los talleres monográficos que Paola organiza los sábados. Una primera clase para quienes sienten curiosidad y buscan una primera toma de contacto con los tintes naturales.
“Esta flor que se ve aquí en el centro es la coreopsis; la mancha que se ve como azul es la delphinium, que es una de las únicas que nos da azules; el rojo es la rubia tintórea…” reconoce Paola en cada una de las muestras de las alumnas, que tienen la oportunidad de hacer pruebas de los tintes en lino antes de trabajar con el pañuelo de seda definitivo.
La materia prima con la que trabaja llega de distintos rincones del mundo: desde la cochinilla de las Islas Canarias o el tagete de la India hasta la rubia tintórea, una planta que encuentra con facilidad cerca de su casa durante esta época del año. Considerada a menudo una maleza por su rápida propagación, la rubia es, como muchas otras plantas que ella utiliza, una valiosa fuente de color para los tintes naturales. Paola la aprovecha igual que las pieles de cebolla que le guardan sus vecinos del mercado, en un proceso que recuerda a una cocina de aprovechamiento (casi literal).
Raíces, naturaleza y búsqueda de identidad
Creciste en la casa de tus abuelos en las cordilleras andinas de Colombia. ¿Qué recuerdos de esa etapa siguen presentes en tu trabajo?
Nací en un pueblecito cerca de Bogotá y viví en Colombia hasta los veinticinco años. Después emigré y pasé por Argentina, Irlanda y finalmente Madrid.
De niña pasaba mucho tiempo en la finca de mis abuelos. Mi abuela tenía un jardín precioso y crecí rodeada de flores, plantaciones de café, de moras, las gallinas, el río... Creo que esas experiencias me marcaron de forma positiva y, cuando vives en ciudades grandes, surge la necesidad de reconectar con esa parte.
Lo que hago hoy está muy relacionado con esos recuerdos de infancia.
¿Cuándo apareció esa necesidad de reconectar con la naturaleza?
Fue precisamente cuando me alejé de ella. Siempre viví en grandes ciudades, pero en Dublín (que es más pequeñita) empecé a sentir de nuevo esas ganas de estar más cerca de la naturaleza. Fue un cambio positivo que me permitió volver a mirar con otros ojos algo que había perdido durante años.
Del marketing a los tintes naturales
Eres publicista especializada en marketing. ¿Cómo llegas a la botánica y decides probar los tintes naturales?
Todo lo aprendido me ha servido para gestionar mi proyecto, aunque no tenga relación directa con el mundo textil o la botánica. Cuando llegué a Irlanda empecé a trabajar como visual merchandiser y tenía más tiempo libre por las tardes. Ahí nació Studio folklore.
Comenzó como un proyecto de macramé. Buscaba personalizar las cuerdas de algodón y empecé a experimentar con tintes naturales, así descubrí un universo completamente nuevo. Hice una primera formación con la artista irlandesa Kathryn Davey y, a partir de ahí, una cosa llevó a la otra.
¿Cómo fue tu proceso de aprendizaje?
Empecé hace ocho años y había mucha menos información disponible. Investigué por mi cuenta, compré libros y avancé a través del ensayo y error. Ahora ocurre casi lo contrario: existe tanta información que a veces genera desinformación e incluso desencanto. Mucha gente experimenta sin conocer aspectos básicos de los tintes naturales y eso provoca resultados frustrantes.
Nunca pensé que esto acabaría siendo mi trabajo. Empecé simplemente por curiosidad. Con el tiempo llegaron los talleres, la maternidad, la pandemia y una serie de circunstancias que terminaron consolidando el proyecto.
Artesanía y comunidad
¿Qué valor tiene hoy la artesanía para ti?
Mucho más que antes. Crear con las manos me ha enseñado a valorar el trabajo artesanal de otras personas. Lo noté especialmente cuando regresé recientemente a Colombia.
Vi oficios y materiales que siempre habían estado allí, pero que nunca había apreciado realmente.
¿Sigues aprendiendo e investigando nuevas técnicas?
Constantemente. Me gustaría visitar lugares donde los tintes naturales forman parte de la tradición local, como la granja de cochinilla en Canarias, ir Japón para aprender sobre el índigo o a Oaxaca, en México, porque trabajan mucho con tintes locales. También tengo pendiente volver a regiones de Colombia donde se emplean estas técnicas.
He aprendido mucho, pero siento que todavía queda muchísimo por descubrir. El aprendizaje sobre tintes naturales es un proceso continuo que evoluciona al mismo tiempo que evoluciono yo, y espero que todavía me quede mucha vida para poder seguir investigando.
Tus talleres generan una comunidad muy especial, ¿qué papel desempeña esto dentro de Studio folklore?
Es una de las partes más importantes del proyecto. Los talleres permiten que la gente entienda de primera mano el propósito de trabajar con color natural, descubrir qué posibilidades ofrece y también disfrutar el proceso. No se trata sólo de entender que estos tintes son respetuosos con el planeta y con nuestra piel,
sino que usar las manos te hace estar plenamente presente en el proceso, y eso también es un beneficio emocional.
Con el tiempo, en Studio folklore se ha formado una comunidad muy bonita. De hecho, algunas de las personas que hoy comparten el espacio conmigo comenzaron siendo alumnas de los talleres semanales.
Crear desde el entorno con un ritmo propio
¿Qué peso tiene el entorno natural en el desarrollo de tu trabajo?
Influye completamente.
Cada lugar tiene plantas distintas y, por tanto, fuentes de color diferentes.
Eso hace que cada proceso sea único. La artesana que trabaja esto en México, Argentina, Colombia o en algún lugar de Europa siempre va a tener diferentes fuentes de color. Eso lo hace especial y aún más interesante.
Además, la mayoría de las plantas que se consideran tintóreas suelen abundar.
Es como si en cierto modo la naturaleza te estuviera diciendo “aquí te pongo esto para que lo utilices”.
Y creo que cuando te ofrece un recurso tan bonito, y limitado a su vez por la temporalidad, está bueno explorarlo y ver sus posibilidades.
Yo trabajo mucho con los colores de cada estación. Siento que, más allá de las tendencias de la moda, es algo que dicta el cuerpo y te ofrece la naturaleza. Los florales de primavera o los tonos tierra del otoño no son sólo una cuestión estética: responden a lo que vemos y sentimos en el entorno.
¿Recolectar sigue formado parte de tu proceso creativo?
Menos de lo que me gustaría. Antes dedicaba más tiempo al cultivo y a la recolección, incluso tenía mis propias plantas aquí en el mercado. Pero ahora intento encontrar un equilibrio.
Para mí la sostenibilidad no tiene que ver únicamente con los materiales, también implica que la práctica sea sostenible para quien la realiza. He aprendido que, si quiero mantener este proyecto a largo plazo, necesito respetar mis propios límites y ritmos.
El presente y el futuro de Studio folklore
¿Cómo se sostiene actualmente el proyecto?
Combino la producción de piezas con los talleres. Ambas partes son importantes. Los talleres me permiten divulgar y compartir conocimiento, mientras que la creación de piezas es el espacio donde puedo desarrollar mis propias ideas.
Mantener ese equilibrio no siempre es fácil porque gestionar un pequeño negocio implica mucho trabajo administrativo, comunicación y gestión.
Además del indiscutible vínculo con la botánica, ¿en qué te inspiras para crear las colecciones que vendes?
Ahora me estoy enfocando mucho en las formas muy definidas, para que la gente entienda qué es lo que hago. Necesito que simplemente con mirar la pieza, la gente vea de dónde viene el color. Para mí eso ahora es muy importante.
A su vez, leo libros relacionados con tintes naturales, pero también sobre el arte de las flores o sobre qué flores retrataban en otras épocas, por ejemplo, que es algo que me súper interesa.
Antes consultaba Pinterest o Instagram como fuente de información e inspiración pero lo he dejado de hacer porque siento que contamina un poco mi proceso. No quiero lograr algo y después sentir que se parece a lo que ha hecho alguien más, o que alguien va más rápido que yo.
¿Cómo imaginas la evolución de Studio folklore en los próximos años?
Compartir el espacio con otras artistas ha permitido que el proyecto se fortalezca sin perder su esencia. No me interesa un crecimiento basado únicamente en cifras. Para mí crecer significa mantener este lugar vivo, seguir construyendo comunidad y hacerlo de una forma saludable y sostenible.
Los grupos de mujeres que vienen los miércoles son muy especiales. Ellas tienen trabajos muy estresantes, andan aceleradas y necesitan tiempo para sí mismas. Para mí seguir dándoles este espacio es una forma muy bonita de crecer.
¿Qué proyectos o investigaciones te ilusionan actualmente?
Estoy explorando nuevas posibilidades con otras superficies, no sólo con el tejido.
En realidad, siempre hay algo nuevo que aprender. Lo que se ve en el taller es sólo una pequeña parte del proceso. Detrás de cada resultado hay muchas pruebas, errores y experimentos que no siempre llegan a mostrarse.
Los pañuelos ya están planchados, listos para que las alumnas se los lleven puestos. Ahora ellas también saben identificar los elementos que utilizaron para estampar y convertir su nuevo complemento en el favorito del armario. Quizá el resultado no sea exactamente el que imaginaban al empezar, pero el factor sorpresa forma parte ineludible del proceso. Y es precisamente en esa combinación de intención, incertidumbre y descubrimiento donde reside gran parte de la magia que sucede dentro de Studio folklore.
- Un artículo de Nazaret Rodríguez Pérez -
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