De las grandes capitales a las ciudades más pequeñas, el espacio que ocupa la artesanía es cada vez mayor. Nos adentramos en su valor.
Yo misma he visto cómo cada año aparecen y se consolidan más ferias y festivales con toda una programación de mesas redondas, experiencias de aprendizaje, puertas abiertas a talleres, etc.
© Exposición Arte textil en Guatemala diseño e identidad. Institución Libre de Enseñanza
Sin ir más lejos, en la edición de este año del Madrid Design Festival fueron muchas las actividades que acercaban oficios tradicionales a un público muy amplio. Una forma accesible para descubrir el talento de los profesionales que llevan años especializados en técnicas que, aunque con gran valor técnico, siguen considerándose “artes menores”: textil, cerámica, bordado…
Con los debates que se generan gracias a estas iniciativas, llegué a la conclusión de que hemos conseguido el reto de subir el volumen de lo artesano dentro de un mercado que, a menudo, hace demasiado ruido.
© Exposición Arte textil en Guatemala diseño e identidad. Institución Libre de Enseñanza
Pero al mismo tiempo hemos destapado otro objetivo aún mayor: romper con el mecanismo de jerarquización cultural que ha contribuido históricamente a invisibilizar estas prácticas. Un límite heredado de la tradición artística occidental que nada tiene que ver con el valor estético de la obra.
Si a lo largo de la historia del arte occidental no se hubiera hecho distinción entre “bellas artes” y “artes menores” quizás hoy no estaríamos reflexionando sobre esto ni cuestionando su valor artístico —al menos no de esta manera—.
Pero las aún etiquetas de “decorativas” o “domésticas”, que las vinculan con el desempeño de tareas femeninas en el hogar, refuerzan los constructos sociales de género. Y esto sí que lleva siendo debate desde hace un tiempo por historiadoras del arte y teóricas feministas como Rozsika Parker y Griselda Pollock en obras como Old Mistresses: Women, Art and Ideology.
Recuperar los saberes tradicionales se ha convertido en una preocupación contemporánea de profesionales y consumidores.
Y, quizás, lo más importante sea la solidez del discurso crítico que hoy exige reconsiderar la artesanía para liberarla del yugo de las jerarquías tradicionales del arte.
Una reivindicación del valor del hacer manual y del conocimiento técnico, además de la consideración de algunas de estas técnicas (el bordado, por ejemplo) como espacios que históricamente no se han limitado a lo ornamental sino que se han entendido como métodos de expresión simbólica e incluso de resistencia.
El panorama invita al optimismo. Mi ejemplo favorito fue una visita reciente que hice al Institución Libre de Enseñanza (Madrid), donde firmas como LOEWE compartían espacio con creadores que dejan atrás el anonimato y fomentan el relevo generacional en disciplinas como la cestería o técnicas textiles ancestrales que definen a toda una comunidad, y cuyas grandes maestras tienen rostro de mujer.
Estas exposiciones temporales y festivales ya no están disponibles, pero por suerte sigo encontrando nuevas como “Entes”, una exposición del Museo Nacional Reina Sofía, que recoge los trabajos de Aurèlia Muñoz en disciplinas
históricamente relegadas al ámbito de lo doméstico que ahora se establece, con absoluta legitimidad, el centro del discurso artístico contemporáneo.
- Un artículo de Nazaret Rodríguez Pérez -










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